16/12/2016

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Rogue One: “La Guerra de las Galaxias” muestra su costado más humano

Por: Luis Lucas Salas
Una nueva entrega de Star Wars se estrenó en Argentina y el mundo, con una historia que resolverá muchas de las grandes incógnitas que dejaron en los fanáticos las cintas clásicas. Esta crítica busca no revelar nada pero algunas consideraciones podrían ser considerados spoilers.
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Se estrenó en la Argentina y casi todo el Mundo ‘Rogue One: A Star Wars story’ (Rogue One: Una historia de La Guerra de las Galaxias), la particular entrega de la saga creada por George Lucas, ahora en manos de Disney, que se presenta como el primer capítulo aislado de la “historia oficial” de la familia Skywalker, y que relata algunos hechos acontecidos entre los episodios III y IV.

 

Rogue One: A Star Wars story  logra el equilibro justo entre su independencia como historia en paralelo de los siete episodios predecesores, pero sin alejarse del fantástico universo de Star Wars y la infinidad de significaciones que en él habitan.

 

Las gestas grupales se han convertido en un tópico bastante visitado en el cine hollywoodense de los últimos años, con Avengers a la cabeza y Justice League en el horizonte, y otros ejemplos menos felices como Fantastic Four, Suicide Squad y muchas más, en las que se aborda un mensaje naif de relatos en los que para triunfar se debe superar las individualidades porque “sólo todos juntos trabajando en equipo podremos lograrlo”. En Rogue One la vuelta de tuerca es más interesante, con una perspectiva más cercana a lo que son las historias latinoamericanas, en las que el verdadero héroe es colectivo (ver de El Eternauta para abajo), si bien la historia sigue la línea principalmente de Jyn Erso,  el personaje interpretado por Felicity Jones (cabe destacar aquí una vez más la decisión de poner un personaje femenino en el rol principal), el relato llega a acomodarse para mostrar, sin forzar demasiado como en otros casos, que el grupo es lo más importante.



 

Otro aspecto a destacar es la arriesgada decisión, teniendo en cuenta que detrás está Disney, de mostrar el “lado oscuro” de la resistencia rebelde, sus luchas internas, sus contradicciones, el “trabajo sucio” que a veces deben realizar “los buenos” en pos de concretar una ideología, un bien mayor. En Rogue One se puede decir que no hay seres extraordinarios como en el resto de los episodios de la saga, no hay un elegido, ni ninguno parece sobresalir por sus habilidades (salvo por Chirrut Imwe, interpretado por Donnie Yen, que de seguro va a quedar en la historia junto a los grandes personajes de la franquicia), por lo que una vez más sale a la superficie el aspecto más humano de los protagonistas, seres (casi) ordinarios colocados en situaciones extraordinarias.



 

Rogue One toma distancia en ese aspecto de las Star Wars clásicas, lejos de la pureza que tenían Luke Skywalker, la Princesa Leia y Obi Wan Kenobi, las dualidades y las dudas están latentes en estos nuevos interpretes, aquí es necesario destacar la labor de Diego Luna en la construcción de Cassian Andor, un líder rebelde carismático pero con la determinación de un general imperial.

 

En Rogue One cada personaje sabe, o llegará a saber, que existe un ideal mayor que supera a cualquier individuo y por el que estará dispuesto a realizar hasta el sacrificio último, esto convierte la película en un festival que además de mostrar mucha acción de un modo espectacular, como debe ser en una película de Star Wars, también resulta emotivo y hasta empático.

 

 Los guiños a la saga no pueden faltar y están presentes en su justa medida, aquí se ve la mano del director Gareth Edwards, quien con mucho acierto no hizo abuso de los muchos ases en la manga que ofrece Star Wars, como la aparición de personajes de otros episodios, las épicas batallas entre naves espaciales o los sables láser, por lo que logró contar la historia que mejor se podía contar desde una perspectiva refrescante.



 

Mención especial para K-2SO, el robot imperial de dos metros reprogramado para defender los idearios rebeldes, que pudo ponerse en el metal (por no decir en la piel) de pesos pesados como C-3PO y R2D2 con una cuota de humor y ternura que se suma al relato, pero sin caer en una pantomima a lo Jar Jar Binks, sino más bien con mucho de El Gigante de Hierro o Big Hero 6.

 

Rogue One podrá no tener la “mística” de Star Wars, esa que está presente hasta en los pasajes más flojos de las precuelas y que trató de emular erróneamente J. J. Abrams en The Force Awakens, pero tiene muchos otros elementos que le dan otra riqueza a la película y que la colocan merecidamente como una de las estrellas más luminosas de esta galaxia muy, muy lejana. 

©eldiario24.com
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